martes, 5 de marzo de 2019

El miércoles de ceniza

A pocos días del inicio de la Cuaresma, que sirve de preparación para la Pascua y que comienza este miércoles 6 de marzo, recordamos algunas cosas esenciales que todo católico debe saber para poder vivir intensamente este tiempo litúrgico.

1. Es el primer día de la Cuaresma

Con el Miércoles de Ceniza inician los 40 días en los que la Iglesia llama a los fieles a la conversión y a prepararse verdaderamente para vivir los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en la Semana Santa.

El Miércoles de Ceniza es una celebración contenida en el Misal Romano. Este explica que en la Misa se bendice e impone en la frente de los fieles la ceniza hecha de las palmas bendecidas en el Domingo de Ramos del año anterior.

2. La imposición de las cenizas surge en los primeros siglos del cristianismo


La tradición de imponer la ceniza se remonta a la Iglesia primitiva. Por aquel entonces las personas se colocaban la ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad con un “hábito penitencial” para recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo.

La Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos casi 400 años D.C. y a partir del siglo XI, la Iglesia en Roma impone las cenizas al inicio de este tiempo.

3. La ceniza recuerda la necesidad de la misericordia de Dios

La ceniza es un símbolo. Su función está descrita en un importante documento de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, más precisamente en el artículo 125 del "Directorio sobre la piedad popular y la liturgia":

“El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”.

4. Las cenizas tienen varios significados

La palabra ceniza, que proviene del latín "cinis", representa el producto de la combustión de algo por el fuego. Esta adoptó tempranamente un sentido simbólico de muerte, caducidad, pero también de humildad y penitencia.

La ceniza, como signo de humildad, le recuerda al cristiano su origen y su fin: "Dios formó al hombre con polvo de la tierra" (Gn 2,7); "hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho" (Gn 3,19).

5. Las cenizas se producen de las palmas del Domingo de Ramos

Para la ceremonia se deben quemar los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior. Estas son rociadas con agua bendita y luego aromatizadas con incienso.

6. Las cenizas se imponen en la frente al término de la homilía

Este acto tiene lugar en la Misa al término de la homilía y está permitido que los laicos ayuden al sacerdote. Las cenizas son impuestas en la frente, haciendo la señal de la cruz con ellas mientras el ministro dice las palabras bíblicas: «Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás», o «Conviértete y cree en el Evangelio».

Luego, quien recibe las cenizas debe retirarse en silencio meditando la frase o invitación que la acaban de hacer.

7. Las cenizas también pueden imponerse sin Misa

Cuando no hay sacerdote la imposición de cenizas puede realizarse sin Misa, de forma extraordinaria. Sin embargo, es recomendable que al acto se preceda con una liturgia de la palabra.

Es importante recordar que la bendición de las cenizas, como todo sacramental, solo puede realizarla un sacerdote o diácono.

8. Las cenizas pueden ser recibidas por no católicos

Puede recibir este sacramental cualquier persona, inclusive no católica. Como especifica el Catecismo (1670 y siguientes) los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo como sí lo hacen los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia estos «preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella».

9. No es obligatorio recibir las cenizas

El Miércoles de Ceniza no es día de precepto y por lo tanto la imposición de ceniza no es obligatoria. No obstante, ese día concurre una gran cantidad de personas a la Santa Misa, algo que siempre es recomendable.

10. No existe tiempo exacto para llevar las cenizas en la frente

Cuanto uno desee. No existe un tiempo determinado.

11. En Miércoles de Ceniza es obligatorio el ayuno y la abstinencia

El Miércoles de Ceniza es obligatorio el ayuno y la abstinencia, como en el Viernes Santo, para los mayores de 18 años y menores de 60. Fuera de esos límites es opcional. Ese día los fieles pueden tener una comida “fuerte” una sola vez al día.

La abstinencia de comer carne es obligatoria desde los 14 años. Todos los viernes de Cuaresma también son de abstinencia obligatoria. Los demás viernes del año también, aunque según el país puede sustituirse por otro tipo de mortificación u ofrecimiento como el rezo del rosario.

Extraído de ACIPRENSA

viernes, 26 de octubre de 2018

SAN PABLO DE LA CRUZ


19 octubre: Fiesta de San Pablo de la Cruz, fundador de los Padres y Hermanas Pasionistas
Cada 19 de octubre la Iglesia Católica celebra a San Pablo de la Cruz, el fundador de los Padres y Hermanas Pasionistas, quien invitaba a obrar “de manera que todos vean que llevas, no sólo en lo interior, sino también en lo exterior, la imagen de Cristo crucificado, modelo de toda dulzura y mansedumbre”.


Nació en Ovada, Italia, en 1694. Cada vez que pasaba por algún sufrimiento, su madre le recordaba del crucifijo y su padre le leía vida de santos que lo animaban a ser mejor.

Tuvo una aparición de la Virgen en la que se le reveló el hábito, el emblema y estilo de una comunidad religiosa en Jesucristo crucificado. San Pablo le compartió este mensaje a Mons. Gattinara, Obispo de Alejandría, quien le puso el hábito de la pasión.

Más adelante, ante la Virgen “Salus Populi Romani”, en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, hizo voto de promover siempre la Pasión de Jesucristo.

Se asoció con su hermano Juan Bautista y juntos emprendieron la misión de fundar una comunidad. Luego el Papa les permitió fundarla y fueron ordenados sacerdotes en 1727.

San Pablo de la Cruz solía tener una cruz en la mano y a veces usaba una corona de espinas en la cabeza para predicar sobre los sufrimientos de Cristo.

Dice la tradición que en ocasiones se le aparecía a algunas personas para darles indicaciones importantes y luego desaparecía, estando él en otro sitio en ese momento.

Finalmente logró fundar la comunidad de los Padres y las Hermanas pasionistas, que se dedicaron a propagar el amor a la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

El Papa Clemente XIV le concedió a San Pablo de la Cruz la casa y la Basílica de los Santos Juan y Pablo, donde vivió sus últimos días. Fue llamado a la Casa del Padre en 1775 con 80 años de edad.

De esta gran familia Pasionista surgieron San Vicente María Stambri, San Gabriel de la Dolorosa y Santa Gemma Galgani.


Extraído del Blog: Aciprensa

miércoles, 27 de junio de 2018

RETIRO ESPIRITUAL 2018



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Santa María Goretti

6 de julio: Se celebra a Santa María Goretti, la dulce mártir de la pureza

El 6 de julio es la fiesta de Santa María Goretti, la niña de once años que fue asesinada de 14 puñaladas por resistirse a una violación y que antes de morir perdonó a su asesino; el Papa Pío XII la definió como “pequeña y dulce mártir de la pureza”.


María nació en 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia. Fue hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, siendo la tercera de siete hijos. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen.

Su familia era pobre de bienes terrenales, pero rica en fe y virtudes que se cultivaban con la oración en común, el rezo diario del Santo Rosario, la comunión y Misa dominical.


Cuando sólo tenía 11 años, fue apuñalada por Alessandro Serenelli al resistirse a ser violada. Fue llevada al hospital y antes de morir alcanzó a recibir la comunión y la Unción de los enfermos. Partió a la casa del Padre el 6 de julio de 1902.

Cuando Alessandro salió de la cárcel, fue a buscar a la madre de María, quien lo perdonó.

San Juan Pablo II en el 2003 resaltó que “Marietta, como era llamada familiarmente, recuerda a la juventud del tercer milenio que la auténtica felicidad exige valentía y espíritu de sacrificio, rechazo de todo compromiso con el mal y disponibilidad para pagar con el propio sacrificio, incluso con la muerte, la fidelidad a Dios y a sus mandamientos”.


“Hoy se exalta con frecuencia el placer, el egoísmo, o incluso la inmoralidad, en nombre de falsos ideales de libertad y felicidad. Es necesario reafirmar con claridad que la pureza del corazón y del cuerpo debe ser defendida, pues la castidad "custodia" el amor auténtico”, añadió.

martes, 10 de abril de 2018

Historia y vida de nuestra fundadora: Mª Magdalena Frescobaldi



Nuestra historia tiene sus orígenes en la ciudad de Florencia (Italia) a comienzos del siglo XIX, una época marcada por grandes convulsiones sociales, políticas y religiosas, originadas en gran parte por la Revolución francesa y las invasiones napoleónicas. Es en ese contexto donde encontramos a esta “SAMARITANA de la CALLE”, que merece la pena conocer.
María Magdalena Frescobaldi nace el 11 de Noviembre de 1771. Es la tercera hija de los marqueses Frescobaldi-Quaratessi, una familia que vive con intensidad su fe cristiana. Su madre, mujer de fe y de gran sensibilidad hacia los más desfavorecidos, es quien se ocupa especialmente de la educación de sus hijas y les inculca la vida de oración, la lectura meditada de la Pasión y, al mismo tiempo, el compromiso con los pobres y enfermos del entorno. A los 19 años, como era habitual en su época, se casa con el Marqués Pedro Roberto Capponi y tiene 4 hijos.
Magdalena fue una mujer probada por el sufrimiento: perdió a tres hijas de corta edad; tuvo que vivir la ocupación de los soldados franceses y el exilio en Austria; acompañó a su marido en su larga enfermedad; tuvo que educar a dos nietas cuando falleció su nuera… La invasión de Florencia por las tropas de Napoleón llevó a Magdalena, a su esposo y a su hijo al exilio en Viena.
Encuentro con la pobreza
A su regreso, la primavera de 1803, Magdalena se encuentra con los graves problemas de su ciudad: la miseria causada por la guerra, los enfermos sin recursos; las prostitutas y los niños de la  calle.
Magdalena se siente movida interiormente y, junto a otras compañeras, comienza a prestar su servicio como voluntaria en el hospital de incurables  “San Bonifacio” de Florencia. Ayudan a dar de comer a los enfermos, los lavan, les leen libros, enseñan el catecismo… Las enfermas que más le llaman la atención en el hospital son las mujeres caídas en las redes de la prostitución, a las que trata con especial cariño. Son mujeres que emigran a la ciudad buscando un futuro mejor y se encuentran solas, desorientadas, sin recursos, sin cultura, sin apoyos, siendo victimas de un mundo que les daba la espalda y las consideraba como simples objetos o recursos. Hoy, en muchos lugares, las mujeres también sufren discriminación o violencia por el hecho de ser mujeres.
Magdalena cree en la capacidad de recuperación de la persona. La contemplación del Crucificado, entregado totalmente por amor, el cariño y la acogida, la educación y la convivencia diaria tienen la fuerza constructiva necesaria para que la persona recupere su dignidad y sea una CRIATURA NUEVA. Cree en la educación para formar personas libres, felices y fuertes y también como prevención del fracaso y de la marginación.
Queriendo dar respuesta a esta realidad, en 1812 funda la primera casa “Retiro”, una casa de acogida para las jóvenes que libremente quieran salir de la vida de la prostitución.  El amor  del Crucificado-Resucitado que da su vida por todos, le impulsa  a Magdalena a creer en las personas y a gastar su vida por ellas.
En esa casa, Magdalena pretende prepararlas para afrontar la vida:
Alfabetizarles y formales en habilidades para integrarse en el mundo social y laboral.
Acompañarlas educándolas desde el amor, la comprensión y la cercanía.
Un nuevo PROYECTO de VIDA
El 17 de Marzo de 1815,  cuatro jóvenes ex prostitutas comienzan una nueva forma de vida comunitaria centrada en la memoria de la Pasión de Jesús, a la luz de la espiritualidad del gran místico Pablo de la Cruz. Estas jóvenes proceden de la casa que Magdalena había abierto en 1812, para la educación y la convivencia diaria y su posterior reinserción en la sociedad.
Este pequeño núcleo será el origen de la Congregación de las Hermanas Pasionistas de San Pablo de la Cruz. En 1817 Magdalena solicita al General de los Pasionistas, P. Tomás Alvesano, la unión espiritual con los Pasionistas.
Magdalena escucha el clamor de las personas crucificadas de su tiempo y conecta con la espiritualidad de San Pablo de la Cruz (fundador de los Pasionistas). Se preocupa también de que la nueva comunidad se construya sobre la base de “un solo corazón y una sola alma, una sola voluntad en el amor”.
En 1832 Magdalena se encuentra con niñas que, mientras sus padres están trabajando, se encuentran en la calle desprotegidas en San Romano, pueblo cercano a Florencia.  Magdalena quiere dar respuesta a esta necesidad educativa y abre una escuela para que se formen como personas responsables.
La vida de Magdalena fue toda ella un mensaje. Era una gran mujer y una gran educadora que dejó lemas como “Enseñar, prevenir y educar”, “Educar con amor y perseverancia”. Ella impulsaba a las primeras hermanas a trabajar con los niños y jóvenes para que fueran personas autónomas y les educaran en valores humano-cristianos.
El invierno de 1838, María Magdalena cae enferma y se va debilitando poco a poco. El 8 de Abril de 1839 fallece en su Florencia natal, después de una vida entregada a favor de los más débiles.

lunes, 2 de abril de 2018

¿Qué es la pascua?



El tiempo pascual comprende cincuenta días (en griego = "pentecostés", vividos y celebrados como un solo día: "los cincuenta días que median entre el domingo de la Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo" (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).
El tiempo pascual es el más fuerte de todo el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas, hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado de la muerte a la vida, a su existencia definitiva y gloriosa. Es la pascua también de la Iglesia, su Cuerpo, que es introducida en la Vida Nueva de su Señor por medio del Espíritu que Cristo le dio el día del primer Pentecostés. El origen de esta cincuentena se remonta a los orígenes del Año litúrgico.
Los judíos tenían ya la "fiesta de las semanas" (ver Dt 16,9-10), fiesta inicialmente agrícola y luego conmemorativa de la Alianza en el Sinaí, a los cincuenta días de la Pascua. Los cristianos organizaron muy pronto siete semanas, pero para prolongar la alegría de la Resurrección y para celebrarla al final de los cincuenta días la fiesta de Pentecostés: el don del Espíritu Santo. Ya en el siglo II tenemos el testimonio de Tertuliano que habla de que en este espacio no se ayuna, sino que se vive una prolongada alegría.
La liturgia insiste mucho en el carácter unitario de estas siete semanas. La primera semana es la "octava de Pascua', en la que ya por rradición los bautizados en la Vigilia Pascual, eran introducidos a una más profunda sintonía con el Misterio de Cristo que la liturgia celebra. La "octava de Pascua" termina con el domingo de la octava, llamado "in albis", porque ese día los recién bautizados deponían en otros tiempos los vestidos blancos recibidos el día de su Bautismo.
Dentro de la Cincuentena se celebra la Ascensión del Señor, ahora no necesariamente a los cuarenta días de la Pascua, sino el domingo séptimo de Pascua, porque la preocupación no es tanto cronológica sino teológica, y la Ascensión pertenece sencillamente al misterio de la Pascua del Señor. Y concluye todo con la donación del Espíritu en Pentecostés.
La unidad de la Cincuentena que da también subrayada por la presencia del Cirio Pascual encendido en todas las celebraciones, hasta el domingo de Pentecostés. Los varios domingos no se llaman, como antes, por ejemplo, "domingo III después de Pascua", sino "domingo III de Pascua". Las celebraciones litúrgicas de esa Cincuentena expresan y nos ayudan a vivir el misterio pascual comunicado a los discípulos del Señor Jesús.
Las lecturas de la Palabra de Dios de los ocho domingos de este Tiempo en la Santa Misa están organizados con esa intención. La primera lectura es siempre de los Hechos de los Apóstoles, la historia de la primitiva Iglesia, que en medio de sus debilidades, vivió y difundió la Pascua del Señor Jesús. La segunda lectura cambia según los tres ciclos: la primera carta de San Pedro, la primera carta de San Juan y el libro del Apocalipsis.

Extraído de:  Blog ACIPRENSA

jueves, 15 de marzo de 2018

¿QUÉ ES LA CUARESMA?

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.
La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Domingo de Ramos, día que se inicia la Semana Santa. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.
El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.
La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.
En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.
La práctica de la Cuaresma data desde el siglo IV, cuando se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia.
Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.
Si tenemos la gracia de seguir felices en la casa paterna como hijos y amigos de Dios, la Cuaresma será entonces un tiempo apropiado para purificarnos de nuestras faltas y pecados pasados y presentes que han herido el amor de ese Dios Padre; esta purificación la lograremos mediante unas prácticas recomendadas por nuestra madre Iglesia; así llegaremos preparados y limpios interiormente para vivir espiritualmente la Semana Santa, con todo la profundidad, veneración y respeto que merece. Estas prácticas son el ayuno, la oración y la limosna.
Ayuno no sólo de comida y bebida, que también será agradable a Dios, pues nos servirá para templar nuestro cuerpo, a veces tan caprichoso y tan regalado, y hacerlo fuerte y pueda así acompañar al alma en la lucha contra los enemigos de siempre: el mundo, el demonio y nuestras propias pasiones desordenadas. Ayuno y abstinencia, sobre todo, de nuestros egoísmos, vanidades, orgullos, odios, perezas, murmuraciones, deseos malos, venganzas, impurezas, iras, envidias, rencores, injusticias, insensibilidad ante las miserias del prójimo. Ayuno y abstinencia, incluso, de cosas buenas y legítimas para reparar nuestros pecados y ofrecerle a Dios un pequeño sacrificio y un acto de amor; por ejemplo, ayuno de televisión, de diversiones, de cine, de bailes durante este tiempo de cuaresma.
Ayuno y abstinencia, también, de muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos; ayuno aquí significará renunciar a todo lo que alimenta nuestra tendencia a la curiosidad, a la sensualidad, a la disipación de los sentidos, a la superficialidad de vida. Este tipo de ayuno es más meritorio a los ojos de Dios y nos requerirá mucho más esfuerzo, más dominio de nosotros mismos, más amor y voluntad de nuestra parte.
Limosna, dijimos. No sólo la limosna material, pecuniaria: unas cuantas monedas que damos a un pobre mendigo en la esquina. La limosna tiene que ir más allá: prestar ayuda a quien necesita, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que nos lo pide, compartir alegrías, repartir sonrisa, ofrecer nuestro perdón a quien nos ha ofendido. La limosna es esa disponibilidad a compartir todo, la prontitud a darse a sí mismos. Significa la actitud de apertura y la caridad hacia el otro. Recordemos aquí a san Pablo: “Si repartiese toda mi hacienda...no teniendo caridad, nada me aprovecha” (1 Corintios 13, 3). También san Agustín es muy elocuente cuando escribe: “Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aún cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna”.
Y, finalmente, oración. Si la limosna era apertura al otro, la oración es apertura a Dios. Sin oración, tanto el ayuno como la limosna no se sostendrían; caerían por su propio peso. En la oración, Dios va cambiando nuestro corazón, lo hace más limpio, más comprensivo, más generoso...en una palabra, va transformando nuestras actitudes negativas y creando en nosotros un corazón nuevo y lleno de caridad. La oración es generadora de amor. La oración me induce a conversión interior. La oración es vigorosa promotora de la acción, es decir, me lleva a hacer obras buenas por Dios y por el prójimo. En la oración recobramos la fuerza para salir victoriosos de las asechanzas y tentaciones del mundo y del demonio. Cuaresma, pues, tiempo fuerte de oración.
Miremos mucho a Cristo en esta Cuaresma. Antes de comenzar su misión salvadora se retira al desierto cuarenta días y cuarenta noches. Allí vivió su propia Cuaresma, orando a su Padre, ayunando...y después, salió por nuestro mundo repartiendo su amor, su compasión, su ternura, su perdón. Que Su ejemplo nos estimule y nos lleve a imitarle en esta cuaresma. Consigna: oración, ayuno y limosna.

Extraído de:  http://www.iglesiacatolica.org.pe/cuaresma-2018/tema_02.htm